Hay una frase que he escuchado muchas veces en el consultorio. No siempre se dice con palabras. A veces aparece en una mirada que lleva demasiado tiempo sosteniendo lágrimas. En un silencio que pesa más que cualquier discurso. En una persona que sonríe mientras por dentro se siente completamente vacía. La frase es esta: “Estoy cansado.” No cansado de trabajar. No cansado de la rutina. Cansado de existir de la manera en que le ha tocado existir. Y es ahí donde entendí algo que cambió para siempre mi forma de mirar la depresión. La mayoría de las personas que viven una depresión profunda no quieren morir. Quieren dejar de sufrir. Quieren que, por un instante, la mente deje de ser un lugar tan hostil. Quieren despertarse una mañana sin sentir ese peso inexplicable sobre el pecho. Quieren recordar quiénes eran antes de que todo comenzara a sentirse gris. Porque la depresión hace algo profundamente cruel. No solo roba la alegría. También roba la esperanza de volver a sentir alegría. Es una enfermedad que convence a la persona de que el dolor será eterno.


VERSOS QUE PUEDEN SOSTENER
Un escrito sobre la depresión...
Por: Diana Elizabeth Zúñiga Flores.
Psicóloga, Terapeuta Cognitivo Conductual e intervención en crisis.
Y cuando alguien cree que el dolor nunca terminará, comienza a pensar que la única salida es dejar de existir. Pero esa no es la voz de la persona. Es la voz de la enfermedad. Y son muy distintas. La enfermedad dice: “No le importas a nadie.” La realidad muchas veces responde: “Hay personas buscándote mientras tú piensas que estorbas.” La enfermedad susurra: “Nunca vas a mejorar.” Y la historia de miles de personas demuestra exactamente lo contrario. La enfermedad convence. Manipula. Distorsiona. Hace que una habitación llena de personas se sienta como el lugar más solitario del mundo. Hace que los abrazos no se sientan. Hace que los logros pierdan significado. Hace que incluso el amor parezca insuficiente. Por eso nunca le diría a alguien con depresión que “le eche ganas”. Sería como pedirle a alguien con una pierna fracturada que corra un maratón. No necesita más fuerza. Necesita menos soledad. Necesita a alguien que permanezca cuando ni siquiera él puede permanecer consigo mismo. He visto personas que llegaron convencidas de que nunca volverían a sonreír. Y meses después descubrían que la vida no había cambiado tanto… Quienes habían cambiado eran sus ojos. Porque la terapia no borra el pasado. Pero sí puede enseñarnos que el pasado no tiene por qué escribir todo nuestro futuro. Y eso siempre me parece un acto profundamente esperanzador. También he aprendido que quienes más sonríen no siempre son quienes más paz tienen.
Que las personas más fuertes suelen ser las que llevan años sosteniendo batallas invisibles. Y que preguntar “¿Cómo estás?” no es suficiente si nunca estamos dispuestos a escuchar la respuesta.
Vivimos deprisa. Tan deprisa que hemos olvidado mirar. Olvidado detenernos. Olvidado que detrás de una respuesta automática de “todo bien” puede esconderse alguien que lleva semanas deseando que alguien insista una segunda vez. “No… ¿cómo estás de verdad?” Quizá salvar una vida no siempre implique hacer algo extraordinario. A veces comienza con quedarse cinco minutos más. Con escuchar sin corregir. Con abrazar sin intentar arreglar. Con permitir que alguien llore sin sentir la obligación de secar cada lágrima. Porque hay dolores que no necesitan soluciones inmediatas. Necesitan testigos. Si hoy estás leyendo esto mientras la depresión te convence de que ya no puedes más, quisiera pedirte algo. No le creas todo lo que tu mente dice cuando está enferma. Así como una fiebre altera el cuerpo, la depresión altera la manera en que interpretas la vida. No eres el problema. Estás atravesando un problema. Y aunque hoy no puedas verlo, existe una versión de ti que algún día volverá a sentir curiosidad por vivir. Quizá hoy no puedas imaginarla. Está bien. Solo no renuncies a ella antes de conocerla. Porque después de acompañar a tantas personas en su dolor, hay algo de lo que sí estoy profundamente convencida. He visto a seres humanos regresar de lugares donde juraban que ya no existía la luz.
Y siempre ocurre de la misma manera. No de golpe. No por magia. No porque un día deciden ser felices. Ocurre porque alguien los sostuvo el tiempo suficiente para que ellos pudieran volver a sostenerse a sí mismos. Y, a veces, eso es exactamente lo que significa la esperanza. Que otra persona la cuide por ti… hasta que puedas volver a encontrarla.
No eres débil. No eres una carga. No estás roto. Eres de gran valor. Eres importante. Y el dolor que hoy atraviesas, existe para poder acompañarlo.
Quizá no podamos evitar todos los dolores que existen en el mundo. Pero sí podemos construir un lugar donde las personas ya no tengan que esconderlos. Y tal vez, solo tal vez, ese sea uno de los actos más profundamente humanos que podemos ofrecer: recordarles a quienes han perdido la esperanza que, incluso en los inviernos más largos, la vida encuentra la manera de volver a florecer.
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